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viernes, 15 de febrero de 2013

CAPITULO XV: LA BATALLA (III PARTE)



 Udyat observaba la batalla junto con sus hombres. Veía como los Lobos Lunares se preparaban para atacar el grueso de las tropas caóticas, amparados por la sombra del gigantesco bastión. Terghian el Elegido estaba allí, junto con Maesteles el Apóstol. Él y sus hombres observaban el ataque.
      -          Están locos- dijo el Apóstol-, es un suicidio, son solo unos cientos contra miles, Khorne se va a pegar hoy un buen festín.
      -          No lo comprenderías nunca- dijo el Hechicero-, no sabes que es lo que les mueve, solo ves lo que tú dios te deja ver. Yo los comprendo, sé cómo son. Donde tú ves locura yo veo honor, dignidad, valor. Es una prueba.
Udyat lo miro.
      -          ¿Los admiras?- preguntó.
      -          Si mi Señor- contesto el Elegido de Tzeentch- los admiro. Es lo que más detesto, pero sé lo que ellos sienten, el deber, cumplir con la misión para la que están hechos. Defender a los más débiles, defender el Imperio.
      -          El Imperio está muerto- dijo el Apóstol- y Khorne se está alimentando de su sangre y está haciendo un trono con sus cráneos.
      -          Es tú forma de verlo, Apóstol. No discutiré contigo. Pero ahí veo yo a más valientes y decididos que en el bando de las Legiones. Las Legiones confían en su brutalidad y su fuerza. En sus demonios y en su poder psíquico. Ellos tienen la fuerza de la Fe, de su valor. En ese sentido esos marines valen por más de un millar de los legionarios.
      -          ¿Estás diciendo que se sacrificarían para destruirlos?- pregunto Udyat.
      -          Sí. Para ellos no existe el miedo, no existe el dolor. Su único cometido en este momento es derrotar a las Legiones.
      -          Los multiplican siete a uno- dijo el Apóstol- es una locura, un suicidio.
      -          En tú forma de verlo sí. Hace diez mil años todos eran así. Abaddon y sus legionarios han degenerado, se han pervertido. Ellos en cambio son la esencia del espíritu de los antiguos Adeptus Astartes. Y su líder, el Lobo Lunar es sin duda uno de aquellos astartes.
Udyat asintió.
      -          Si, Lord Abaddon se quedó blanco cuando lo vio. Suponía que estaba muerto.
      -          Los fantasmas vuelven de sus tumbas- dijo Terghian.

Los cuatro capitanes iban a su lado. Loken miro a su lado y Vipus estaba allí. Siempre estaba cuando más lo necesitaba. Y aquel momento era uno. También vio al resto, sus Hermanos de Batalla. Los niños que él había rescatado ya no existían, eran Hermanos de Batalla. Todos estaban allí, Andalecius, con su armadura negra, Casius siempre tan flemático, Tarik con su sonrisa, Kernya, listo para actuar y Fabricio, Thalsan, Piet, Andrax,Marius, Arnaldo y hasta Androxinus. Todos y cada uno de los capitanes de las once compañías que formaban los Lobos Lunares. Y juntos avanzaban hacia una muerte segura. Eso lo sabía, iban a morir. Pero iban a demostrar algo, algo a todo el universo, algo  a los traidores. Morirían, pero antes matarían a todos los que pudieran. Frente a ellos estaban los seres más peligrosos y depravados de la Galaxia.
Loken miro al cielo, al cielo que vio hacia diez mil años por última vez. Aquel día vio como una tormenta de fuego caía sobre Isstvan III. Ahora estaba tranquilo, como si presagiara una tempestad.
Alzo su espada sierra y apretó fuertemente su bolter.
      -           ¡POR LOS VIVOS!, ¡POR LOS MUERTOS!
El grito, no su grito, si no el de mil gargantas resonó en el planeta. Loken era el primero, pero detrás de él avanzaba a la carga el resto de la Legión.
      -          Esto es una locura- se dijo para si Loken- , vamos a cargar a los Devoradores de Mundos, una Legión especialista en cuerpo a cuerpo. Es de locos.
Era de locos, un suicidio, pero lo estaban haciendo. Y con él al frente.

Andalecius iba con los Caballeros Justaerin. Este había renombrado la antigua escuadra de exterminadores, convirtiéndola en una escuadra de asalto, armados con unas impresionantes mazas y unos escudos tormenta que amenazaban con destrozar a sus enemigos. Junto a ellos iba el resto de la compañía, formada por figuras embozadas en hábitos negros. De pronto, escucho un ruido metálico detrás de él. Giro su cabeza y vio a los dos Dreadnoughts. Estaban pintados de negro azabache, aunque en uno de ellos se empezaba a ver una capa de verde marino. Era Marcel, el abanderado. Delante de él, formidablemente armado iba Adelmus, el que fuera antiguo Primer Capitán.
      -          ¿Creías que ibas a ir sin nosotros a la batalla?- dijo con voz metálica la mole de ceramita.
      -          No Adelmus, estaba esperando que aparecieseis. Por lo que veo vais bien preparados para la batalla- dijo señalando el cañón de plasma que llevaba el dreadnought y observando su puño de combate con un bolter pesado que llevaba.
Andalecius escucho como un gorgoteo. Podría haber sido como una risa, pero sabía que el dreadnought no podía reír. Estaba encerrado, lo poco de humano que quedaba de ellos en su sarcófago, y aquello que escuchaba era solo una representación de sus pensamientos. Porque si había algo que funcionase de ellos eran sus cerebros, lo único. Pero lo que más sorprendió a Andalecius es ver, detrás de ellos aparecer una mole blanca, un auténtico dreadnought pre herejía, uno de la clase contemptor. Y sabía quién era perfectamente. Sejanus. Cuando lo vio sus pupilas se dilataron. Doblaba la altura de los otros dos, y llevaba en una de sus manos una espada, una letal espada de casi su envergadura y un bolter pesado en su otra mano.

Vio como este se situaba en la vanguardia, con el resto de los Lobos. Lo siguiente que vio fue una tormenta de fuego que cayó sobre el enemigo.

La carga de los astartes a los Devoradores fue brutal. Thalsan, con su moto golpeo a un legionario que salió despedido por el golpe que dio con su martillo. En los anteriores combates había perdido su lanza, atravesando algún enemigo y ahora llevaba un martillo tormenta con el que destrozaba a sus enemigos. Pero sin duda, el más espectacular en el ataque era sin duda Ferrus. Este, junto con Vipus y la Locasta eran sin duda el alma del ataque. Ferrus, armado con un bolter reliquia en una mano y con un simple brazo biónico, destrozaba a todo enemigo que se le acercaba. Acribillaba a sus enemigos con el bolter de forma precisa, mientras, el que lograba llegar a sus inmediaciones, era destrozado con su puño, quemado, electrocutado o congelado por la acción de sus implantes psíquicos. Sus ataques eran decisivos, además de que hacían retroceder a los Devoradores.

Pero no solo él. Tarik era como un verdadero Lobo. Luchaba junto con sus hombres con una fiereza digna de un hijo de Russ. El y Reev destrozaron a varios enemigos, mientras sus hombres armados con hachas, martillos, escudos, espadas y cuchillas relámpago masacraban al enemigo. Las armaduras de ceramita blanca y gris se tiñeron de rojo con sangre de sus enemigos. Por otro lado, cayendo desde el cielo, Fabricio y sus Ángeles, se abalanzaban sobre sus enemigos, causando un gran caos a su alrededor.

De pronto, la batalla paró.
Loken miro a su alrededor y vio lo que él y sus hombres habían hecho. Cientos de cuerpos, la mayoría de legionarios de los Devoradores yacían muertos, destrozados en el suelo. En sus filas también había bajas, pero sus enemigos eran más numerosos, asi que estas en sus filas eran más determinantes. Miro hacia un punto elevado, donde distinguio una armadura de ceramita gris oscuro, acompañado por dos más, una de color negro y otra de color azul metalizado.

Udyat había visto la escaramuza, como los Lobos habían destrozado la vanguardia de los Devoradores de Mundos. Aquello, la visión de los astartes luchando le había marcado. Miro a Terghian y este asintió. Ahora sabía lo que era ser un defensor del Imperio como los que estaba viendo. Eran héroes y él, por ello, los admiraba. Era un sentimiento contradictorio. Por un lado, eran enemigos naturales, pero por otro sentía una atracción por ellos. Era como si deseara estar allí, con ellos luchando, pero no contra ellos, sino contra las Legiones Traidoras. Aquello lo turbaba. No comprendía porque sentía aquello,  aquella admiración. Cuando volvieran con su Señor tendría que preguntarle sobre aquello, sobre aquel extraño sentimiento.

Loken alejo su atención de la colina y vio unas siluetas que se entrecortaban entre la masa de enemigos que venían a por ellos. Los reconoció de inmediato, Arhiman, Abaddon, Typhus, Lucius y Khärn. Este último era fácilmente reconocible por su armadura roja plagada de calaveras de sus enemigos y sus dos hachas sierra.
Avanzo, con un paso decididamente brutal, de entre la masa. La rabia contenida se notaba en aquel personaje incluso con la armadura y casco puesto. Caminaba girando nerviosamente sus hachas, dispuesto a entablar combate.
      -          Nero- dijo Loken- da orden de retirada.
      -          Pero Garvi- le  contesto este.
      -          Haz lo que te digo, retira a los chicos, esto es entre Khärn y yo.
Loken avanzo, con la espada sierra en una mano y el bolter en otra. Cogió este último y se lo colgó en bandolera, quedando solo en su mano la espada sierra, su espada sierra que lo había acompañado durante tantos milenios, ya como Garviel Loken, capitán de la Décima Compañía de los Lobos Lunares e Hijos de Horus, en la batalla de Ullanor, donde gano sus honores que estaban pintados en ella luchando contra el ¡Waaagh! Orko junto con su Primarca y el Emperador. Aquella que le había convertido en Cerberus, La Bestia de Isstvan III.
Miro a su rival.
      -          ¡LOKEN!- dijo con una voz brutal, amplificada por su casco.
Alzo su espada, con lo que respondía al desafío lanzado. Recordó entonces su combate, si podría ser llamado de algún modo, que tuvo con él diez mil años antes, cuando aquella fatídica noche, Tarik y él se enfrentaron a Aximand y a Abaddon, que termino con la muerte de Togarddon y el medio muerto entre las ruinas de la Basilika Makariana.

Se acercó a él. Su enemigo mantenía su furia a raya, lo sentía, dispuesto a dejarla ir cuando comenzara el desafío.
      -          Khärn- dijo Loken tranquilo, necesitaba estar muy tranquilo para salir con vida de aquel duelo.
      -          ¡Maldito gusano!, traidor. Voy a cavar contigo de una vez por todas, como hice con la mayoría de tus amigos hace milenios.
      -          Aún recuerdo nuestro último enfrentamiento, Khärn. Soy, mejor luchador que tú, y he aprendido un par de trucos en este tiempo- le contesto Loken, sin estar muy convencido de ello, pero debía de mostrarle que no lo temía.
      -          Aquella vez no me venciste, escoria traidora. Aquel vehículo me golpeo y me dejo fuera de combate. Tuvisteis suerte tu amigo y tú.
      -          No tanta como crees. Pero no sé si has venido aquí para hablar o combatir.
Khärn dio un grito salvaje, aún más amplificado por aquel casco.
Loken se preparó para el ataque. Vio como se le venía encima una montaña de furia y odio.

Nero, mientras intentaba retirar a los Lobos, vio como Khärn atacaba a Loken. Vio como este lo esquivaba y como Garviel le atacaba con la espada sierra. El Devorador de Mundos paro el ataque con una de sus hachas e intento golpearle con la otra, pero Loken, entrenado en los fosos de combate de Commorragh. Aquello pertenecía al pasado de Loken, a algo de lo que a él no le gustaba hablar y que solo lo sabía él. Después de la Herejía, cuando él y Loken, junto con él resto de Lobos supervivientes intentaban restaurar la Legión, sus pasos los llevaron hasta la Ciudad Siniestra. Allí Loken se enfrentó a los mejores gladiadores eldars oscuros. Aquello fue una de las locuras, como las llamaba él, del Loken que no aceptaba lo que había sucedido. Perdió su fe en el mundo, y allí fue donde lo encontró, como Campeón de luchas de gladiadores. Tenía que reconocer que siempre Garviel había sido uno de los mejores, cuando estaba en el Espíritu Vengativo luchando en las jaulas de combate. Pero enfrentarse a Khärn era otra cosa. Su Primarca, Angron había entrenado a sus capitanes y Khärn había sido su más avanzado discípulo. Sabía muchos trucos; tantos como Loken así que la lucha sería interesante.

Loken dio un paso atrás y evito la hoja del hacha sierra. Así de fácil, pero así de complicado. Se puso en guardia y espero el ataque de su contrincante, que no tardó en llegar.  Este ataco de nuevo con sus hachas, esquivo la primera y desvió la segunda con un mandoble que dio con ambas manos. Volvió a la posición de guardia y observo a los ojos a su rival.
A través de las lentes de color verde vio el odio que transmitían. Era un enemigo formidable, tal vez ahora pensaba que aceptar aquel desafío no había sido una buena idea. Pero ya no había marcha atrás. Ataco.

Lanzo una finta al fondo con su espada sierra, que araño de forma estridente la armadura roja sangre del Paladín de los Devoradores de Mundos. Este dio un grito salvaje.
Aquello no le había causado daño alguno, pero solo el pensar que alguien había logrado si quiera arañar su armadura hizo que su furia estallara. Y que lo hiciera aquel que una vez estuvo a punto de matar, el único que había logrado, podemos llamar, vencerle lo irritaba y enfurecía.
Y eso es lo que pretendía Loken, que se enfureciera, que se cabreara. Su espada sierra no podía penetrar aquella armadura, tal vez si hubiera tenido en sus manos una espada de energía la cosa hubiera sido distinta, pero aquel arma solo podría dañarlo si lograba encontrar un punto muy débil en la armadura, un punto por el que penetrar la ceramita.

Khärn ataco esta vez con toda su furia, y en ese momento Loken vio su momento para desarmarlo. El adversario era muy hábil manejando dos armas, pero Loken sabia unos cuantos trucos, no muy legales, pero que le habían salvado su vida más de una vez. Aprovechando que su rival se había descompensado, esquivo el primer golpe, se ladeo y empuñando la espada sierra con ambas manos, golpeo una de las hachas del rival, la cual salió despedida de su mano.

Ahora sí que estaba enfurecido. Aquel traidor le había desarmado delante de sus hombres y eso él no podía tolerarlo. Lleno de rabia se preparó para el siguiente ataque.
Loken respiro aliviado. Miro un instante hacia sus hombres, que se retiraban del campo de batalla, todos excepto Radiax, Tarik, Fabricio, Ferrus, Andalecius, Thalsan, Casius y Vipus.
      -          Nero, te ordenado que te retires.
      -          No lo pienso hacer, capitán- le contesto su amigo- ni ellos tampoco. Si tenemos que morir, moriremos junto contigo.
      -          ¿Desobedecéis una orden directa?
      -          Sí. Si con ello podemos devolverte la cordura.
      -          Haced lo que queráis- dijo Loken, cansado de la actitud de Nero.

Miro a su rival, sintió como la rabia le invadía. Khärn estaba muy nervioso y lo más importante, enfurecido. Era un volcán a punto de estallar.
Ambos se miraron, dando vueltas uno alrededor de otro. El caótico iba a lanzar su taque cuando un ruido atronador, seguido de una gran polvareda dejo a ambos cegados. Incluso los astartes que estaban observando el combate salieron despedidos.
Casius estaba en el suelo, cuando sintió como una mano que le tendía lo levantaba.
      -          ¿Qué te pasa viejo amigo?, ¿Necesitas ayuda?
Aquella voz le resultaba familiar a Casius.
      -          ¿Titus?- dijo casi trastabillándose al hablar.
      -          Si amigo.
Delante de el estaba un marine espacial, llevaba una armadura de color gris acero, sin ninguna heráldica, solo el águila imperial en el pecho y otra en una de sus hombreras. Llevaba en su espalda un retro reactor y empuñaba en su mano libre un Martillo Trueno.
      -          Te creía con la segunda compañía de los Ultramarines en Graia. ¿Ya no estas con ellos, por tu armadura…?
      -          Es una larga historia, que ya te contare en otro momento.

Casius se levantó, la nube de polvo se iba disipando y vio cerca de ellos, a poca distancia como una capsula de desembarco de los Puños Profundos, un capitulo sucesor de los Puños Imperiales, se habría y de ella salían una docena de marines con armadura de un marrón grisáceo, hombreras amarillas y un puño en ellas, mandados por un tecnomarine, con una armadura idéntica al resto y con un gran brazo mecánico en su espalda. Se desplegaron con rapidez, dispuestos a defenderse de cualquier enemigo cercano. Estaban rodeados, pero en ese momento una tormenta de fuego partió de sus bolters hacia el enemigo. Los certeros disparos de los devastadores abatieron varios de ellos, pero uno de ellos llegó a las inmediaciones del tecnomarine, quien, se enfrentó a él. El Devorador de Mundos estaba armado con un hacha sierra, e intento cortar la cabeza del tecno marine, pero este, con su brazo mecánico paro el golpe, reteniendo el arma del caótico y disparándole a quemarropa con su bolter, destrozándole la armadura con una mortal ráfaga de munición de venganza. El cuerpo exánime del caótico cayó al suelo, pasando el tecnomarine por encima de él. Los devastadores se situaron en círculo y aseguraron el perímetro.

Loken, aturdido miro primero a su alrededor y después al cielo. Lo que vio le levanto sus ánimo. El cielo de Isstvan III estaba plagado de capsulas, naves de desembarco, thunderhawks, stormravens, stormeagles y cualquier tipo que pudiera transportar tanto tropas como vehículos.

Abaddon también miro al cielo y lo vio así como el resto de los Caóticos, como descendían desde los cielos un millar de estrellas, estrellas de distintos colores, estrellas que atravesaban el cielo y caían hacia el planeta. Entonces comprendieron de lo que se trataba. Con redomado valor, los Lobos Lunares, con todas las fuerzas que les quedaban, iban a asaltarlos. Era matar o morir, nadie los podría detener.


Desde mi posición en el bastión vi como llegaban. Eran cientos, cientos de naves de todos los tamaños y colores. Miles de capsulas de desembarco habían sido lanzadas desde las naves capitales imperiales e inundaban el cielo de Isstvan III. No había visto, ni nunca volvi a ver nada parecido. Allí estaban todas las nueve legiones leales, los Ángeles Oscuros, la Primera Legión,  Lobos Espaciales, Puños Imperiales, Ultramarines, Guardia del Cuervo, Manos de Hierro, Ángeles Sangrientos, Salamandras y Cicatrices Blancas, con sus vehículos de ataque rápido. Pero además había más capítulos, algunos eran sucesores de los primeros, otro simplemente eran otros capítulos, si bien no tan conocidos, pero que en algún momento habían tenido alguna relación con el Comandante o con alguien perteneciente a la Legión. Estaban los Caballeros Estelares, un capitulo que se cree sucesor de la perdida X legión, Los Martillos de Wikia, Los Hijos del Águila, Templarios de Hierro y otros muchos. Todos estaban allí, junto con algunas naves que parecían ser de la Inquisición por su heráldica. Vi como una de esas naves aterrizaba cerca de donde se encontraba el Comandante con sus hombres, los capitanes que se habían mantenido junto a él hasta el final. Detrás mía, al girarme, vi como hasta los reclutas, iniciados e incluso los aspirantes y neófitos se unían a la lucha.”

Loken vio como estaba aislado. No veía a Khärn, quien había desaparecido entre las nubes de polvo que se habían levantado con la caída de la capsula. Además vio que además de eso, una nave, una thunderhawk por su forma, descendía a poca distancia de donde estaba. Casi a ciegas, se dirigió hacia la nave. No veía ninguna heráldica ni nada por el estilo, pero su instinto le hacía dirigirse hacia allí, sin saber si era amigo o enemigo. Eso si iba en alerta, listo para defenderse en caso de peligro.
El ruido que hizo el portón de la nave al bajar, un sonido chispeante, le sorprendió. Poco a poco fue bajando y le mostro un número de armaduras, desconocido para él. Apunto con su bolter, pero pronto lo bajo, al ver, más claramente que las armaduras eran algunas de color plateado, que le indicaban que eran el Ordo Malleus, sin duda. Detrás de ellos vio una figura que le resultaba familiar.
      -          Nathaniel- dijo Loken de forma tranquila.
      -          Hola Garviel- dijo Garro, que llevaba puesta una armadura blanca, decorada en dorado y con detalles en verde, así como una heráldica de su antigua legión, la Guardia de la Muerte- ¿creías que ibas a estar solo en esto?
      -          Me has sorprendido, he de reconocerlo- le contesto Loken-, sea como sea, has llegado justo a tiempo.
Loken se acercó a él y estrecho su mano.
      -          Como puedes ver no he venido solo- le contesto Garro-. En estos años los Lobos Lunares han hecho muchos amigos y todos  están aquí.
      -          Incluso un viejo Lobo que en su día dejo la Legión- dijo otra voz de tras de Garro.
Era la de un hombre mayor, muy mayor, con el pelo muy corto, casi ralo y con una barba casi incipiente. Llevaba una armadura blanca, con detalles en dorado y que le dotaba de mucha autoridad, así como en su pectoral la cabeza de un Lobo Lunar. Era antigua, pero parecía como si hubiese sido repintada hacia poco tiempo.
      -          ¡Iacton!- dijo Loken- Creí que estabas en Terra.
      -          Estoy aquí muchacho, no podía perderme esto. La Legión vuelve al combate, así que el viejo capitán vuelve con ellos.
      -          Bien, ya que estáis aquí, nos vendrá bien una mano. La situación es, se podría decir, difícil.
      -          Has armado una buena- dijo Garro mirando a su alrededor.
      -          Merecía la pena ¿no?


Lucius, con sus Hijos del Emperador, miro el cielo atónito. Hacia milenios que no veía aquel despliegue de fuerzas leales. Desde el ataque de Terra nunca se había enfrentado abiertamente contra tantos marines espaciales. Y allí, al parecer se habían juntado todas las antiguas legiones. Miro a su alrededor como un animal. Estaba junto con sus “Hijos del Emperador”, los que le habían seguido o reclutado, antiguos legionarios y marines ruidosos, que se preparaban para defenderse. De pronto, un número indeterminado de capsulas cayeron a poca distancia de ellos. Estas se abrieron, disparando misiles y fuego de bolter, para asegurar un perímetro para sus tripulantes.

Ante él vio a quienes iban en las capsulas, armaduras doradas y cascos en forma de pico fue lo que vio y una palabra vino a su mente, Custodes, la guardia personal del Emperador. Ordeno a sus legionarios que les atacaran.

Los Custodes formaron en una línea y levantaron sus armas, unas lanzas de energía con un bolter acoplado y dispararon contra los caóticos. Algunos cayeron pero la mayoría se lanzó contra los Guardianes. Estos, si mucho esfuerzo, los mataron y continuaron avanzando.

Lucius  deseaba un combate contra ellos. Pero deseaba aún más que alguno acabara con su vida y poder tener el placer de regenerarse y renacer en el cuerpo de alguno de ellos, y si era en el Palacio Imperial en Terra mejor. Avanzo desafiante para luchar contra ellos, pero estos lo ignoraban, no luchaban contra él, sino que elegían otros objetivos. Eso hacía que su furia aumentara. Y entonces vio que algunos de aquellos Custodes llevaban armaduras distintas y se mantenían en una formación de ataque que le resultaba muy familiar. Con un grupo de sus legionarios fue a enfrentarse a aquel grupo.

Cuando estaba cerca se dio cuenta que las armaduras que llevaban eran distintas a los Custodes. Eran armaduras Maximus, retocadas y reparadas, pero las reconocía, aunque fueran doradas. La única diferencia era que las hombreras habían sido pintadas de morado oscuro, parecido al que una vez llevo la que fue su legión, y además llevaban su símbolo, el que una vez fue el símbolo de los Hijos del Emperador antes de la Herejía. No eran más de una veintena, asi que les resultaría fácil acabar con ellos.

Pero no fue asi. Vio como atacaban con una perfección inusual. No había visto antes nada asi solo… solo cuando lucho con Tarvitz. Aquello le enfureció aún más. Aunque este fue su amigo en aquella época, también fue su rival.

Vio como caían muertos sus hombres, y entonces se dirigió al ataque. Iba a atacar a uno de aquellos marines cuando una espada cruzo la suya y lo detuvo.
      -          No Lucius, pelea conmigo- le dijo una voz tranquila.
Lucius observo la espada. Le resultaba familiar, tanto como aquella voz, que había oído tantas veces milenios atrás.
      -          ¡Tarvitzss!- dijo siseando.
      -          Si soy yo, viejo amigo.
      -          No ssoy tu amigo.
      -          Eso ya lo sé, solo eres un vulgar traidor. No solo traicionaste al Emperador, traicionaste algo mucho más importante. Traicionaste a tus amigos.
Lucius observo a Tarvitz. Aunque llevaba el casco puesto, sabía que era él por su postura de combate. Llevaba en una de sus manos una espada de energía y en la otra una espada corta. Estaba en posición de defensa, esperando su ataque.
Lucius, altaneramente, acepto el desafío.
      -          Sera muy gratificante renacer en ti, SSSaúl.
      -          Veremos. Luchemos.

Con un movimiento fugaz, Lucius ataco a Tarvitz, pero este repelió su ataque con tanta rapidez como su rival. Ahora fue Saúl quien ataco, pero el traidor paro sus golpes. Tarvitz finto su espada, con un movimiento rápido y ágil, chocando su arma de energía contra la  de Lucius. Este intento zafarse del movimiento, pero Tarvitz, con su espada corta hirió a Lucius. Este, se lanzo hacia atrás, y con expresión de placer y dolor. Abrió su boca y de ella salió una lengua reptiliana.
      -          Está muy bien, viejo amigo. Me gusta esse golpe que acabass de dar. Solo lo que tieness que hacer ess matarme. Venga, mátame- dijo Lucius con ansia.

Tarvitz sabía que aquello  era una trampa. Conocía el secreto de Lucius y venia preparado para la situación. Su antiguo amigo se iba a llevar una pequeña sorpresa.
Separados como estaban, esta vez fue Lucius quien ataco con su Látigo del Tormento, pero Saúl giro en el suelo y esquivo el ataque del traidor. Tarvitz se preparó para su ataque. Debía de ser devastador, dejar a Lucius fuera de combate, pero con una premisa, no matarlo. Se lanzo contra él, armado con sus espadas.
Lucius paro un aluvión de golpes, cada cual más rápido y letal que el anterior. Llego un momento que ya no veía por donde Saúl le golpeaba y este aprovecho ese momento para derribarlo.
-          Siempre te dije, Lucius, que mantenías tu guardia demasiado baja- dijo Tarvitz con sus espadas apuntando al cuello del que en un tiempo fue su amigo.
      -          ¡ACABA YA CON ESSTO!, ¡MATAME!, ¡TEN TU VENGANZA, MÁTAME Y VENGA A TODOSS LOS QUE TRAICIONÉ HACE DIEZZ MIL AÑOS EN ESTA ROCA PUTREFACTA!- dijo Lucius gritando con placer. Esperaba que su antiguo amigo cayese en la trampa.
      -          No, viejo amigo, no voy a matarte- le contesto-, me encantaría hacerlo, pero sé tú secreto, Lucius. Con el tiempo renacerías en mí. Pero tengo otra forma de dejarte fuera de esto.

Detrás de Saúl aparecieron varias armaduras plateadas, de Caballeros Grises, bibliotecarios. Empezaron a entonar una salmodia. De pronto, sobre el cuerpo de Lucius se abrió como un portal, un portal a la Disformidad, por el que el caótico fue catapultado a quien sabe dónde.
Saúl Tarvitz miro el lugar donde estuvo antes el que antaño fue su amigo. Dio media vuelta y volvió al combate, tenían que expulsar de ese planeta al resto de la escoria traidora.

Udyat y los suyos veían la batalla. Vieron como las capsulas y las naves descendían al planeta. Terghian toco su brazo y este se giró.
       -          Deberíamos de irnos, Udyat. Hemos cumplido nuestra misión- dijo el hechicero.
       -          Sí, creo que sí. Debemos de irnos, ya no hacemos nada aquí.
Udyat y sus hombres se dirigieron hacia una antigua nave, una stormbird de antes de la Gran Cruzada, sacada de quien sabe dónde, pero que se mantenía todavía en activo. Entraron en ella y abandonaron el planeta.

La batalla continuaba en el planeta. Como dije antes, nunca había visto a tantos marines espaciales juntos en un mismo sitio. Había Ultramarines de la Segunda Compañía, al mando del mismísimo Capitán Sicarius, Lobos Espaciales, que luchaban ferozmente contra los Mil Hijos, Angeles Oscuros del Ala de la Muerte, con armaduras de exterminador, repartiendo muerte entre los caóticos, apoyados por veteranos con túnicas blancas y el Ala de Cuervo, con sus potentisimas motos y land speeders. También se lanzaron, desde Stormravens al combate Angeles Sangrientos, y los Salamandras quemaban a los Guerreros de Hierro que estaban en sus fortificaciones. Los Manos de Hierro luchaban contra los Hijos del Emperador que quedaban, que habían huido en desbandada después de la desaparición de su líder, Lucius el Sempiterno.

Los Puños Imperiales habían reforzado las defensas alrededor del Bastión y montado piezas de artillería, que lanzaban rayos contra el grueso de los caóticos, destruyendo varios Diablos de Forja que formaba parte del contingente enemigo. Los Demonios invocados estaban siendo atacados por los Caballeros Grises, quienes habían matado a muchos de ellos.
Pero sin duda, los que más me impresionaron fueron sin duda dos capítulos, desconocidos para mí. El primero fueron los Caballeros Estelares, quienes derrotaron a una hueste de Portadores de la Palabra solos y los Hijos del Águila, quienes dieron buena cuenta de varios centenares de legionarios de la Legión Negra.

Los Puños Profundos aseguraron una punta de lanza, desde donde los Martillos de Wikia, al mando de su Señor del Capítulo, Lord Eledan y secundado por su escuadra de mando y varias compañías, arrasaron completamente a las huestes de Typhus y de Huron Blackheart.
Lentamente, los caóticos fueron perdiendo terreno, mientras que las fuerzas combinadas de los Capítulos los hacían retroceder. La victoria era de las fuerzas Imperiales.”

Abaddon vio cómo eran derrotados. Eso lo lleno aún más de rabia. Por esta vez, Loken le había vencido, pero la próxima vez ya sabía dónde encontrarlo. Ahora Loken y sus Lobos Lunares eran sus mortales enemigos. La próxima vez los destruiría.

La retirada de los caóticos fue desordenada. Los primeros en retirarse, tras ver el ataque los lobos fueron los Mil Hijos de Arhiman, quien retiro sus tropas. Después todos fueron cayendo por su propio peso. De los últimos en abandonar el planeta fueron los Devoradores de Mundos de Khärn, que resistían los ataques de los marines espaciales, pero que, superados por número tuvieron que retirarse, junto con los orkos que los seguían.

Loken miro el campo de batalla. Había miles de cuerpos, tanto de leales como de caóticos. Vio como los Apotecarios de los distintos Capítulos, incluido los suyos, recogían las semillas genéticas de los caídos y como equipos de limpieza quemaban con lanzallamas los de los caóticos muertos. A su lado estaba Vipus, quien miraba absorto el campo de batalla también.
      -          Ya ha terminado- dijo Nero.
      -          Si, ha terminado. Los Lobos han  demostrado su valía hoy.
      -          ¿Crees que significará algo, Garvi?
      -          Con esto creo que nos tomaran en consideración. Además con el apoyo de los Capítulos de Primera Fundación, creo que el Alto Consejo de Terra tendrá que revindicarnos.
      -          Eso espero. Ha sido mucho tiempo.
      -          Si, deberían de haberlo hecho hace milenios, habernos tratado como a cualquier otro capítulo. Hemos crecido en la sombra.
      -          ¿Y ahora que Garvi, que haremos?
      -          Seguir con nuestra misión. Volveremos a Terra con Nathaniel e Iacton.
      -          ¿Qué pasara con los Lobos Lunares?
      -          Han tenido su bautismo de fuego y lo han superado con creces. Se han ganado un lugar y un nombre junto con el resto. Radiax lo hará bien como Comandante. Tendrá el apoyo del Nuevo Mournival. Tarik, Andalecius, Casius y Ferrus serán buenos consejeros, y por fin la Décima estará en buenas manos, no te preocupes Nero. Y cuando nos necesiten,  volveremos a ayudarlos, tú, Sejanus, Adelmus, Marcel, el resto y yo. Siempre estaremos con ellos.

Pero el final, el verdadero final estaba por llegar. Cuando ya todos los vestigios de la batalla desaparecieron, todos los capítulos se reunieron en El Templo de las Legiones, donde oraron por los Hermanos de Batalla caídos.


Garro, Qruze, Tarvitz y Ehrlen entraron en la sala. Delante de ellos estaban los Altos Señores de Terra, mirándolos de forma severa. Garro se adelantó y hablo con voz profunda.
       -          Continuaremos con nuestra misión. Tenemos que encontrar al Emperador.

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