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viernes, 9 de marzo de 2012

CAPITULO VIII: SORPRESAS A MEDIA NOCHE

SORPRESAS A MEDIA NOCHE

El capitán General del Adeptus Custodes volvía a su habitación. La verdad es que poco le importaba, ya que en la última semana no había logrado descansar. Todavía escuchaba las palabras del inquisidor Transamar en su cabeza: “en los Custodes hay un Circulo Interno secreto”. El inquisidor estaba equivocado, lo creía en su fuero interno, pero ¿y si fuera verdad? ¿y si durante años hubiera existido? El llevaba unos veinte años en el cargo, pero nada le había indicado nunca que hubiera existido algo así. Aun así ordeno a sus hombres una investigación. Quería saber si había algo que no habían visto hasta ahora, pero sus  pesquisas no habían dado hasta ese momento ningún fruto. Y llevaba una semana en estado de máxima ansiedad. Solo podía descansar cuando regresaba a su residencia en el Palacio. Pero cuando entraba en la habitación volvía a sentir esa ansiedad. El resultado era que llevaba una semana sin descansar.
La habitación estaba a oscuras, en ese momento deseaba que estuviera así. De esa forma se podría concentrar más e intentar dormir. Dejo caer su dorado casco y la espada, los cuales sonaron de forma ruidosa. Y se dejó caer en la cama. Su habitación, como correspondía a una persona de su rango era ostentosa y ricamente adornada, pero incluso prefería algunas veces una habitación comunal, compartida con sus soldados. Si los otros Grandes Señores lo supieran, diría que estaba loco, pero él no era un Gran Señor era un militar, solo un militar.
De repente se sobresaltó. Algo en la habitación le inquietaba, se levantó e intento coger la espada, pero una voz tranquila lo detuvo.
-          Creo General que eso no lo va a necesitar conmigo.
-          ¿Quién es usted?, muéstrese- dijo con autoridad.
-          ¿Me pregunta quién soy?, usted es quien me ha traído aquí.
-          No le comprendo.
-          Durante esta semana me ha estado buscando. Bien aquí estoy, hablemos.

Aquel hombre se presentó como Saúl Tarvitz, comandante de los Protectores del Emperador. Vestía una armadura dorada, bastante parecida a la de los Custodes, pero de fabricación astartes. Era seguro una armadura Maximus, una armadura de finales de la Gran Cruzada, antes de la Herejía. Llevaba una capa carmesí, con el interior de un purpura intenso, y las hombreras eran del mismo color, ribeteadas en dorado. Por eso habían pasado completamente desapercibidos. En la masa no se distinguiría de una armadura de Custodes. El hombre era de mediana edad, tal vez tendría unos treinta y cinco, pero si era de verdad Tarvitz era muchísimo mayor.
-          Bien, aquí estoy, pregunte- dijo con calma-, pregunte lo que desee.
-          ¿Cómo han pasado tanto tiempo desapercibido?
-          Bueno, eso. La verdad no ha resultado difícil. Valdor nos lo puso muy fácil. Tenemos una zona entera para nosotros, el Palacio Imperial es un laberinto. Le daré un consejo, no intente buscarnos, no nos encontraría.
-          ¿Qué es lo que quiere?, ¿Por qué se muestra ahora después de tanto tiempo?
-          Es difícil de contestar. La primera pregunta es casi obligada, pero la contestación es que defender al Emperador. General usted y yo no somos enemigos, al contrario. Los dos tenemos la misma misión, defender al Emperador. Y por qué ahora, se acercan tiempos difíciles. Llegará nuestra hora, la de sus Custodes y la mía y de mis hombres. Debemos de estar unidos para la lucha que nos espera.
-          ¿Qué significa eso?
-          Llegan los nuevos tiempos del nuevo Emperador. No se haga el tonto, sabe lo que está pasando. Los adeptos no pueden reparar el Trono y el Emperador morirá. Pero renacerá en otro cuerpo. No sé si será ahora o dentro de cien años, pero el Emperador volverá y nosotros, tanto los Custodes como los Protectores debemos de estar preparados.
-          Los Custodes servimos al Emperador.
-          Y nosotros también. El Caos está esperando el momento en que desaparezca el Emperador para atacar. Tenemos que protegerlo cuando sea  frágil. Otros amigos están ya en la labor de buscarlo, encontrarlo antes que los caóticos, ellos nos lo traerá a nosotros.
-          Me está diciendo que no está solo en esto, que hay más gente. Los otros supervivientes.
-          Si, Garro, Qruze y Loken y sus hombres. Garro y Qruze son los que se encargan de esta tarea. Loken está formando una fuerza de ataque lo bastante potente como para mantener en jaque al Caos.
-          Los supervivientes de Isstvan III, no. Ustedes forman un grupo curioso.
-          La verdad es que sí. Y hablando de mis amigos, debo de pedirle un favor, General.
-          ¿Un favor?
-          Sí, tengo un amigo que está en serios problemas. En estos momentos una flota caótica se acerca a Isstvan III, y va a necesitar ayuda.
-          Diga lo que quiere.
-          Necesito cien Custodes veteranos. Aquí tiene los nombres- dijo acercándole una nota-, creo que conocerá a algunos.
El General examino con detenimiento la lista. La verdad es que los nombres eran todos conocidos. Eran veteranos que llevaban años, algunos incluso varios siglos de servicio al Emperador. Desde luego Tarvitz sabía quiénes eran esos hombres.
-          Los conozco, es una buena elección. Son los mejores hombres de la Guardia.
-          Lo sé, por eso los necesito.
-          No se preocupe los tendrá, necesitara un transporte también.
-          No se preocupe por eso, ya está previsto. Como imaginara no estoy solo en esto. Lo que si le agradecería será un último favor.
-          ¿Cuál comandante?
-          No mencione a nadie esto, ni nuestra charla. Podría haber traidores infiltrados entre nosotros.
-          ¿Y si hay alguna pregunta acerca de los Custodes?
-          Diga que van a unas maniobras, lo que usted quiera, pero no nos descubra. La vida de mucha gente depende de ello.
-          No se preocupe, Comandante.
-          Gracias General. Ha tomado la decisión correcta. Y bien venido a nuestra hermandad. Usted forma parte ya de nosotros.
Fue lo último que oyó. Después de nuevo el silencio tomo la habitación. Tarvitz desapareció como había aparecido, sin dejar rastro. Algo más tranquilo se tendió en la cama y durmió por primera vez en aquella maldita semana.

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